La segunda Luna por Enrique Bruce: SOBRE EL GENERO Y LO SAGRADO


No todo empezó con los griegos, pero las buenas maneras nos dictan a empezar a hablar sobre ciertos temas referidos a la concepción de las personas y el mundo, refiriéndonos a ellos. El panteón olímpico del período clásico estaba ocupado por seis deidades masculinas y otras seis femeninas. Nombres como Zeus, Poseidón o Atenea han poblado las historias de las épicas y los cantos líricos que nos han llegado hasta el día de hoy. Estos dioses preeminentes, sin embargo, fueron concebidos como advenedizos en historias secundarias que avisaban de otras deidades más antiguas, como la de los titanes o la erinias, muy anteriores al orden patriarcal de la Grecia clásica. Entre estas criaturas pre-olímpicas, se encontraban los andróginos que quisieron ocupar el monte Olimpo y fueron fulminados por el rayo de Zeus, dividiéndolos a cada quien en mujer y hombre. Desde entonces, según el recuento de Platón, estas dos nuevas criaturas mortales buscarán encontrar su otra mitad, en términos físicos y psicológicos.



La cosmovisión antigua nos revela la existencia de un sinnúmero de dioses que cruzaron la división genérica. Hermafrodito de Chipre era producto de la unión entre Hermes y Afrodita. En una versión menos difundida, Prometeo, creador de la humanidad, colocaría genitales contrarios al sexo de algunos seres humanos… en una borrachera (Humor no falta). La transexualidad se extiende a un sinnúmero de épocas y culturas ajenas a la griega. Adán, el primer hombre, era realmente hombre y mujer y su lado femenino se desprende de una costilla. Eva, en algún pasaje de las antiguas escrituras en hebreo, antes de la reinserción de las vocales por los masoretas en la era cristiana, era referida con el pronombre “él”. La palabra Yavéh, era la conjunción de Ju / Ji (los pronombres “él” /”ella”). El repaso del viaje intergenérico es vertiginoso, y va desde el dios hindú Ardhanarishvara, compuesto del dios Shiva y su consorte Parvati, hasta la realidad sagrada de Lan Caie como una figura mitológica china de género incierto del panteón taoísta, uno de los ocho inmortales. En África occidental, Nana Buluku es la deidad creadora del universo que es representada y referida con marcas de ambos sexos. El repaso puede abarcar a las figuras ambiguas de Polinesia o de Egipto, a las leyendas tanto de la Australia aborigen como a la de los antiguos mejicanos.



A Tiresias, el adivino ciego de Grecia, se le atribuía su sabiduría por haber vivido como varón y como mujer de manera alterna. Este mortal es uno de los personajes que mejor encarna la aventura interior de mujeres y hombres de elevación espiritual. Muchas doctrinas nos exhortan a encontrar nuestro lado opuesto: a recobrar el lado oculto de la psiquis masculina para las mujeres, y el de la femenina para los hombres. De hecho, las personas de ambos sexos que se han ejercitado a lo largo de los siglos en los ejercicios humanos más complejos, sean en las ciencias, la filosofía o las artes, parecen borrar las barreras del género en sus preocupaciones vivenciales. Hipatia de Alejandría determinó siglos antes que Copérnico, la rotación de la tierra alrededor del sol (Ella sería linchada por fanáticos cristianos en el siglo IV). Una mujer y un hombre se hermanarían así, cruzando los siglos, por su común amor a las matemáticas y a la observación diligente de los astros. Los textos donde se examina la conformación psíquica y moral de los humanos, tanto de Santa Teresa de Jesús como de San Juan de la Cruz en las postrimerías del Renacimiento español, parecen ser intercambiables. La imagen de Judith decapitando a Holofernes en el cuadro de Florencia Gentileschi tiene la misma fuerza de no pocos cuadros de Michelangelo Caravaggio, durante el furor pictórico de la Italia barroca. El afroamericano Frederick Douglass, nacido esclavo en los estados del sur, avisaría en sus diarios sobre la corrupción del sistema racista que pervertiría las conciencias de hombres blancos dueños de esclavos, los cuales podrían ser por naturaleza, personas de bien; un siglo después, la judía alemana Hanah Arendt desarrollaría su famoso concepto de la “banalidad del mal” para denunciar el poder corruptor de un sistema sobre hombres anodinos (no demónicos) como el nazi Eichmann juzgado en Israel. La relevancia del cuerpo y su naturaleza oscura, y la necesidad de incluir al mismo en una ética más englobadora, en los versos de César Vallejo, se replica décadas después en los de Blanca Varela con voz e inquietudes propias. 



La aventura espiritual implica necesariamente la revisión, consciente o inconsciente, de nuestras coordenadas genéricas impuestas por lo cultural. Somos más por lo que aspiramos ser que por el emplazamiento de dictámenes provisionales que nos impulsan a ciertas actitudes y ciertas conclusiones preconcebidas. Las mujeres y hombres superiores se parecen. En el otro espectro, los hombres y la mujeres más básicos marcan aun más sus diferencias de género: El varón replica el estereotipo de la agresión y la prepotencia; la mujer, su sumisión y la autodenigración sistemática. El hombre superior aprende de la introspección y la insospechada fuerza de la solidaridad. La mujer superior aprende de la autoafirmación y la agresividad constructiva. La feminización y masculinización respectivas llevan a hombres y mujeres por derroteros más amplios que los que impone la cultura contractual. Ese viaje les permitirá conocer las tierras donde imperaban dioses y héroes antiguos, apenas nominados. Se les devolverá así una genealogía perdida en los largos años de opresión y penumbra patriarcales. Recuperaremos así un espacio en una nueva (y muy vieja) sacralidad y sabrán de los reinos soleados que siempre debieron ser nuestros.

             



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