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La Segunda Luna por Enrique Bruce: Sobre hombres y hombrías, estatuas y héroes


Por Enrique Bruce

embruma@gmail.com

El siglo XIX insufló el aliento épico a las comunidades través del emplazamiento de estatuas ecuestres en los espacios públicos de las ciudades americanas de ambos hemisferios. Oficiales de elevado rango a caballo inmortalizados en piedra (y en los textos de la historiografía nacional) han mirado desde lo alto con sus ojos ciegos sobre sus conciudadanos y sus descendientes. La presencia de esos héroes de piedra sería pandémica en el continente.

Pasadas las primeras décadas del siglo, muchos de los límites fronterizos establecidos desde las proclamas y sanciones independentistas quedaron relativamente trazados. Se persistiría en las escaramuzas militares de los partidos rivales dentro de cada nación. Estallarían, eso sí, unas pocas guerras cruentas de consecuencias nefastas como la de la Triple Alianza, entre Brasil, Argentina y Uruguay contra el Paraguay (1864-1870). La explicitación discursiva de estas guerras recogían menos el registro nacionalista o idealizado y más la evidencia de intereses económicos como lo fue también con la guerra del salitre y el guano entre peruanos, bolivianos y chilenos en 1879. 

En los EE.UU., la fotografía, al servicio de las corresponsalías de la Gran guerra civil de los años de 1860, había hecho lo suyo para sofocar todo aliento de virilidad sobrehumana y de épica. Las fotografías de los soldados miserables en los campos de batalla de unionistas y confederados se hicieron presentes en las casas de las clases medias que consumían los periódicos de época. Sobre una mesa de café, a la hora del desayuno, la persona promedio veía junto a las noticias periodísticas sobre el desarrollo de la guerra, las fotos de las barracas miserables y los hombres-niños pobremente armados de los ejércitos del sur. Las imágenes traían a colación la muerte poco heroica de las ejecuciones sumarias.  Entre dos sorbos del café, se hallaba sobre la mesa del desayuno, los cadáveres amontonados y los cadáveres colgados en las horcas. La guerra era ahora, para el imaginario de la mujer y hombre común norteamericano, menos una poesía que ensalzaba el arrojo de unos pocos o un himno que resonaba en los corazones de multitudes, y más un despliegue de brutalidad y de motivaciones políticas o comerciales cada vez más evidentes en el discurso público. La guerra era un  asunto de soldados misérrimos antes que de eximios generales a caballo y de presidentes con inflamados discursos.



El siglo XIX traería la primera crisis de la masculinidad. El canto al guerrero perdería su plataforma romántica. Los hombres de las canteras de las clases medias y altas, tanto de los EE.UU como de Latinoamérica, que vieran como parangón de la masculinidad al guerrero de sable y anchas solapas en sus textos épicos e imágenes estatuarias, se veían confrontados en sus años de relativa paz, con sus quehaceres de promociones salariales o estrategias bursátiles o financieras. El capitalista se tornó en el nuevo modelo de hombría. El arte y la literatura de décadas atrás, habían saludado la imagen grandilocuente del guerrero, como había pasado en los muchos siglos de guerras, estatuas y poesías precedentes. Sin embargo, el varón citadino percibiría una cierta translucidez en las viejas estatuas que habrían inspirado valor en sus abuelos durante las guerras de independencia. Con el auge de la imprenta y el gran capital en las ciudades americanas, el discurso épico que proclamaba la lucha desinteresada por una nación o una comunidad parecía volverse afónica frente al pragmatismo materialista emergente. El banquero o el empresario exitoso se erigía ahora como el nuevo varón por ser; sin embargo, ese nuevo epítome de la masculinidad no encontraría cabida en la plástica, la escultura o la literatura. Todo artista, narrador o  poeta mostraría recelo ante ese nuevo hombre de la modernidad, ante ese capitalista hábil cuya individualidad ambiciosa (si seguimos los lineamientos de un Adam Smith) traería prosperidad económica a todos. El artista y el escritor requerían del dinero para su subsistencia y la de su familia, pero sería reacio a ensalzar al hombre que tuviera el talento de acumularlo a gran escala y de modo acelerado. 

Durante el siglo XX, el capitalista se erigirá como el  gran héroe de los nuevos imperios corporativos. Un Rupert Murdoch, un Carlos Slim, un Bill Gates o un Mark Zuckerberg, al margen de sus rasgos idiosincráticos, podrían mostrar todos ellos las preseas de sus cuentas bancarias tal como hacían los héroes de antaño con sus medallas de guerra. Es más fácil, para la persona promedio de hoy, nombrar a veinte millonarios de nivel internacional que a dos héroes de las confrontaciones bélicas del siglo anterior.

Las estatuas heroicas en la actualidad, en prácticamente todas las comunidades, parecen perder el entorno discursivo que les dieron en su momento, razón de ser. Los varones siempre han necesitado de figuras masculinas sobrehumanas que pudieran emular, o con las que al menos, pudieran fantasear. Hoy por hoy, las pantallas de cine y de la internet están colmadas con héroes y superhéroes de tierras de geografía imprecisa o de entornos intervenidos por una fantasía exacerbada. Los héroes reales de antaño no se avivarían con el insuflo nacionalistas exangüe del presente: los George Washington, los Simón Bolívar o los Miguel Grau serían inviables cinematográficamente después del discurso revisionista historiográfico de las últimas décadas; todos han sido reemplazados por las capacidades desbordadas de un Superman, un Hombre araña, un Batman o un guerrero fornido cubierto de pieles montado sobre quimeras. La historiografía no puede acompañar al héroe de hoy, ni al que lo admira. La amnesia obnubila la masculinidad del hombre contemporáneo. 

Las estatuas ecuestres están recortadas sobre un cielo crepuscular. Han regresado casi todas, a la mudez de la piedra o el metal de las que brotaron. Sus nombres les dan una referencia oportuna a un parque o una calle aledaña; no son más que una coordenada del GPS de nuestros celulares. A veces, parecen avivarse de manera patética, como aquella de Charlottesville del General confederado Lee, en Virginia, rodeada de neo-nazis vociferantes (varones en su mayoría, blancos todos). Un acto de piedad para aquella estatua sería la de su desmantelamiento, fundirla y devolverla a la dignidad inorgánica del metal, o a confinarla en algún museo, lejos del vociferío de una masculinidad cercenada y sin parangón que emular.

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http://enriquebruce.blogspot.pe

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