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LA SEGUNDA LUNA POR ENRIQUE BRUCE: La encrucijada del cuerpo: Sobre el terreno incierto donde se asienta el debate sobre el aborto


Por Enrique Bruce
embruma@gmail.com 

Las fronteras difusas de nuestras psiquis, aquellas reacias a toda demarcación conceptual, son las que paradójicamente, nos señalan como humanos, sin nombrar nada. 

Frente a la demarcación racial, por ejemplo, como manifestación consensual y de argumentación prolija de explotación y colonización, irrumpe la movilidad social, la inmigración, la relación emocional o erótica entre dos miembros de dos razas distintas que arrasa con los años, mediante el sufrimiento, el amor y la experiencia conjunta, toda demarcación racionalizada. La sentencia ultima de humanidad transversal a todos señala (que no demarca) el destino y sentido móviles de los distintos grupos humanos.

Las leyes en tinta que dictaminaron blanco y negro, indio y criollo, esclavo y amo, carecen de carne. Consisten en grafías en papel, materia vegetal ya muerta. La carne viva que ama, desea y sufre siempre ha terminado por imponerse (a la larga) a la humanidad seca y sin cuerpo de la razón y el sojuzgamiento. 

La taxonomía fría no se limita al ámbito de lo racial. La demarcación razón-sinrazón, o la de alma versus un mero conglomerado emocional y de razón limitada ha colocado al homo sapiens en la cima de una jerarquía por sobre todos los otros animales. La convivencia íntima con los animales no humanos, ya sea en las dinámicas de caza y precaución en las selvas o el monte, en las de cariños y vanidades en una residencia urbana, o en las pragmáticas o ritualizadas en una chacra, nos previenen de lo insulso de colocar a las criaturas con las que compartimos este planeta en un rubro fijo destituyéndolas de dignidad y existencia plenas. Si el homo sapiens es la única entidad moral entre los seres vivientes, su moralidad se ha de consolidar con otra visión de las criaturas que pueblan nuestros entornos de hechura humana o natural desechando la visión reduccionista que propone la premisa de un alma inmortal. Somos todos carne sometida al imperio del tiempo, al miedo, al instinto, a la satisfacción sensorial o a la empatía con nuestros congéneres.

La ley sin cuerpo de la razón, a lo largo de las centurias, ha procurado demarcar el destino sinuoso del cuerpo. Ha querido fijar senderos a la irracionalidad humana que excluye por definición, la pertinencia de todo sendero. Ha querido acotar los amores y odios en las visiones deslumbradas sobre la realidad de otros seres humanos y de los animales no humanos.

En esa acometida de la razón y la letra muerta, encontramos el debate sobre la penalización del aborto. Tanto los que defienden la libertad de la mujer de ejercerlo como los que procuran impedirlo han delimitado a tajo abierto el territorio del cuerpo de la madre de aquel del nonato. Los de las filas del derecho al aborto priorizan el cuerpo de la mujer; los del bando contrario, a aquel del nonato, aun a expensas (algunos de ellos) del riesgo de vida para la madre. 

Solo hay un ser que sabe en carne propia en toda su literalidad, lo inane de aquella demarcación: es la joven mujer a la que se le avisa o siente una vida que se gesta en su vientre. Sabe que su amor, indiferencia, temor o franco repudio a la criatura que crece dentro de ella, proviene de sus canteras más íntimas, de aquellas que dan voz y forma a todo lo que consiste su humanidad. Y por ello mismo, ese sentimiento inherente a ella, habrá de competer de igual manera a la criatura que se está formando. Los conceptos de  “ella” o “madre”, de un lado y de otro, los de “criatura” o “niño”, conforman los polos de un solo péndulo que oscila. Solo la que decide llamar “hijo” a la criatura de su cuerpo sabe que la autonomía de aquel es provisoria, que toda su existencia se sustenta en la voluntad de ella y de nadie más, y que los atributos mágicos a su entidad meramente biológica dependerá de la carga espiritual e imaginación que la mujer que lo acoge proyecte sobre él. De otro lado, la que rehúye llamar “hijo” a la criatura en formación, sabe del dolor íntimo de tener que expulsarlo y que la criatura pudo haberse situado, en otras circunstancias, en el panteón de las entidades autónomas que llamamos “personas”. Su terminación biológica es dolorosa, y la mujer que renegó de ser madre sabe que el que no nacerá formó parte de su cuerpo y formó parte de una humanidad no acabada. Esa mujer hizo lo que sentía debía hacerse pero que ello también tuvo un precio psíquico. El no nacido no era una mera excrecencia de su cuerpo. Tuvo el potencial de ser un hijo. El nonato y ella misma fueron parte de un péndulo (cuerpo) oscilante. Las decisiones necesarias no siempre están exentas de una pena. 

En Japón, al nonato se le llama “mizuko” (niño del agua) y su cuerpo inerte, una vez fuera del cuerpo de la madre, no será enterrado ni cremado. Sin embargo, se erigirán en templos shintoistas, estatuas suyas frente a las cuales  las madres que los abortaron, sea de manera inducida o espontánea, les colocarán ofrendas. Los mizuko no compartirán la tierra santa de los muertos que fueron personas cabales, pero de igual manera serán merecedores de tributo y de memoria. Tendrán un sitial en el recuerdo de una mujer.

Muchos, de otras lenguas y costumbres, reconocemos a esas criaturas del agua en su naturaleza sin que las nombremos como tales. No existen rituales funerarios para el feto en Occidente. No reconocemos en el nonato de pocas semanas o meses, la cabalidad de un  ser humano. Existe como tal en el corazón de una mujer acongojada que pudo amarlo o no, pero no en el sentimiento de una comunidad. Tanto la persona que escribe esto como aquella que me lee, fija su autonomía en la conciencia de sí y en una red social de reconocimiento más amplia y compleja que la de un solo ser humano que es nuestra madre y su cuerpo. Cuando muramos seremos despedidos por una comunidad, numerosa o parca, pero se habrá reconocido nuestra cabalidad y también, nuestro nivel de responsabilidad como seres morales: seremos amados u odiados, vilipendiados o admirados, pero seremos la terminación de algo que fue completo aunque imperfecto.

La ley del papel muerto, de palabras muertas que desoyen las voces profundas de lo humano, lo quiere dictar todo. Quiere regir sobre nuestra carne y trazar territorios imaginados en vastedades psíquicas y colectivas que la rebasan. En Occidente, dicha ley pretende sancionar con pena de cárcel a la mujer que haya decidido abortar. El Salvador es la apoteosis de la misma y ha sometido a una vergüenza pasmada a buena parte de su ciudadanía que permite que haya mujeres que purguen penas de hasta 25 años en prisión, por haber abortado; casi todas ellas son de bajos recursos y sin delitos previos, separadas de sus hijos y su familia. En el Perú, no hay una sola mujer presa por haber abortado a pesar de sus restricciones legislativas, cuando cada año se estima que se dan más de 300 mil abortos (según estudios del 2006), casi todos ellos clandestinos. La sanción es de dos años pero no nos atrevemos a ponerla en ejecución debido a una mínima conciencia de una realidad que conoce de los territorios sin fronteras de nuestra psiquis y nuestros cuerpos. Ni siquiera los hombres de púlpito, letanías y hábitos oscuros que jamás albergarán una criatura dentro de su cuerpo, a la que amarán u odiarán (ambos sentimientos igual de humanos), insisten en la medida del castigo. Dicen querer proteger a un ser sin rostro, dicen amar a un mizuko que no han sentido en su cuerpo, pero lo que en realidad pretenden es sujetar a la mujer cuyo reconocimiento a su autonomía ha sido labrado arduamente con los siglos, a los dictámenes de un cuerpo sobre otro, relegarla a un territorio demarcado, a uno más.

El mizuko nos acompaña siempre, no solo a la mujer que lo expulsó sino también a todos nosotros. Ese niño de naturaleza acuática es el recordatorio de las complejidades y vastedades de la aventura humana. Él nos previene sobre los límites y potenciales extraordinarios a la vez, de nuestros cuerpos. Y sobre los provisorio de la criatura que llamamos “yo”.

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