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HISTORIAS VIH+: Empezar en Sero

Por Fer86

Pesimismo versus optimismo

Finales de marzo del año 2015 luego de salir de una relación tormentosa, tóxica y sin sentido; luego de haber estado aproximadamente un mes tratando de sacar el clavo, el cual atravesó mi corazón, con tachuelas que solo dañaron aún más mi autoestima y emociones; recibí una llamada del laboratorio, en el cual era partícipe de un estudio de VIH y en el cual iba poco más de cinco años enrolado en el mismo; me llamaron para decirme que tenía que ir urgente al laboratorio ya que habían encontrado algo en mis exámenes.

Luego de haber estado más de una semana con fiebre durante todos los días, tos que rompía mis pulmones y adelgazar casi más de diez kilos; fui corriendo a la cita que me habían pactado en aquella llamada. Yo, ya sabía de qué trataba el asunto, por dos motivos. Uno, sabía que cuando te llamaban era tan solo para darte una noticia o al menos solo para cambiar las citas. Durante todo el tiempo que estuve en el estudio, nunca me habían llamado con tanta urgencia. Dos, mis síntomas delataban algo mal en mi bienestar.

El primer paso fue auto-negarlo. A pesar de que trataba de ser positivo referente a todo. Imaginaba que me irían a decir cualquier otra cosa y bloqueaba a toda costa la idea de enfermedad infectocontagiosa en mi cuerpo; aunque todas las señales en mí, decían todo lo contrario; ergo, terminé realmente siendo positivo conmigo mismo… de otra manera, de la manera que siempre menos quise.

Morí mil veces aquel día; una vez al recibir la llamada, unas 372 por cada paso que daba al dirigirme camino al laboratorio, cuando me decía que todo era mentira, que solo era un resfriado común; 461 veces por cada latido de mi corazón mientras esperaba conversar con alguien. Hasta que recibí aquella particular noticia.

El personal me hacía firmar papeles explicándome cuáles eran los pasos a seguir en el estudio para saber si iba a recibir tratamiento o simplemente esperarían cierto tiempo antes de hacerlo ya que era parte del estudio, nuevos exámenes de sangre, más papeles a firmar, etcétera. Estaba en estado de shock.

Llegando a casa me dejé  de morir, a solas en mi cama, las veces que me quedaban. Ya nada importaba en la vida; mi agonía era tal que sentía vergüenza y asco de mí mismo. Lloraba en silencio rogando que todo esto fuese un error. Me hacía ilusiones falsas de que en cualquier momento el teléfono sonaría para darme noticias alentadoras y que quizá habían encontrado otra cosa, o quizá se hubiesen equivocado. Ese momento nunca llegó.

Pesadillas vívidas

A la mañana siguiente desperté aún con fiebre, muy deprimido y con miedo de todo y de todos. Me encontraba muy débil, mental, física y espiritualmente. Quería ser tragado por la tierra y que nunca más se supiere de mí.

El paso dos fue indudablemente aceptarlo; no había manera de desaparecer y esa idea solo alargaba mi agonía.

Decidí por empezar a comer mucho y de todas las cosas, de ese modo poder recuperar el peso que había perdido; tenía una apariencia demacrada. A eso se le suma el hecho de que me salieron manchas por todo el cuerpo,  especialmente en la cara; las cuales mi madre, quien estuvo en todo momento a mi lado, confundió con viruela. Me llamaron nuevamente del laboratorio, fui aquel mismo día, me dijeron que mi carga viral había sobrepasado el millón de copias por mililitro de sangre. En ese momento no entendí si eso era malo o no, que por tal motivo me iban a iniciar tratamiento inmediatamente con el medicamento que era parte del estudio; fue donde conocí el nombre de Atripla.

Recuerdo que toda aquella semana estuve de vacaciones en el trabajo, lo cual ayudó a restablecerme, pero no me sentía yo, recién amanecía para mí luego de aquella bomba emocional. Reanudaba mis labores muy temprano, un lunes, luego de aquella semana; y, una noche anterior había empezado con el tratamiento. Ya el personal del laboratorio me había advertido que debía tener cuidado en no conducir auto, ya que uno de los efectos adversos era como una de las peores resacas que jamás en mi vida hubiese experimentado. No mencionaron que la resaca tenía que multiplicarla por unas cien veces y adicionarle el hecho de sentirme inclusive alcoholizado; no sé si ellos alguna vez en su vida han probado el medicamento, no los juzgo. Aquella madrugada tuve sueños muy vivaces e incoherentes, me atrevo a decir que podía tocarlos. Hasta que escuché la alarma del despertador, la cual fue como si un camión estuviera a punto de atropellarme y  tocara la bocina a un centímetro de distancia, o como si la tocara desde dentro de mi cabeza.

Hacer mi rutina fue una odisea. Desde salir de la cama y caer al piso un par de veces antes de poder sostenerme en mis pies, tomar la ducha y no poder jabonarse. Vestirme fue lo más complejo hasta ese momento, lo peor vino después. Caminar al paradero y tambalear como un verdadero beodo por la acera, sentir náuseas en el trayecto del bus, por último llegar al trabajo y fingir que todo andaba bien frente a todos. Sólo había pasado un minuto desde que llegué y quería sólo irme a casa. Eso hice terminando mis labores aún con la conciencia alterada. Ya en casa, sólo atiné a ponerme el pijama y dormir. Mi madre preocupada entró al cuarto, me dijo que descansara, que ella me llamaría cuando la comida se encontrare lista, de ese modo yo pudiera continuar durmiendo durante el resto del día. Desperté por la noche y recordé que tenía que tomar una dosis más del medicamento. Amaneció y ya estaban presente nuevamente los efectos secundarios.

Así estuve por alrededor de una semana. Los efectos fueron disminuyendo paulatinamente, al igual que las manchas en mi cuerpo; también fui recuperando fuerzas. La fiebre ya había desaparecido por completo.

Como dice el conocido refrán, el tiempo lo cura todo; de ese modo iba ocurriendo, recuperaba lentamente mi salud, eso me ponía de mejor ánimo; aunque aún había algo que me atormentaba, no sabía cómo enfrentar al mundo con respecto a mi condición, nadie tiene que enterarse a menos que yo se los diga. Igual era algo que no podía contener solo y necesitaba comentarlo a alguien. Ese fue el tercer paso.

Reconciliaciones y alianzas

Siempre he tenido la creencia de que los ángeles son las personas que uno se encuentra en la vida de una manera no premeditada y salvan tu situación a pesar de no saber nada de ti. Por ende se puede decir que he conocido a muchos, siempre que he estado atravesando por momentos muy complicados en mi vida.

A pesar de siempre ser reservado con mis cosas, hay ocasiones en las que uno necesita conversar con amigos, para botar todo esa mala vibra dentro de uno, yo lo hice con dos amigos míos muy queridos.

Uno de ellos lo supo el mismo día de mi diagnóstico. Él fue personalmente al caer el sol, a cuidarme a casa y se quedó a dormir. A pesar de que trató de distraerme, yo me encontraba muy agotado que tan sólo atinaba a dormir en todo momento. Supe que me practicó reiki mientras yo descansaba

Su cercanía a mí, dormir en mi propia cama aquella noche al lado mío abrazándome, sentir sus energías positivas como queriendo darme parte de sí para curar mis penas; me hizo llegar a la conclusión de que debo afrontar todas las cosas en cuanto me vengan en el futuro; ya que existen personas que me querrán sin importar qué. Él fue la clave para seguir el siguiente paso.

La segunda persona fue un amigo médico, con el cual siempre nos tuvimos mucha estima. Lo cité habiendo pasado un mes desde que me fue develado el diagnóstico. Un mes después, cuando ya me hube recuperado y solo tenía el estigma psicosocial incrustado en mi encéfalo de por medio; había llegado la hora de afrontarlo y retarme. Le invité a tomar un helado y le comenté que había estado muy enfermo por un largo periodo de tiempo, pero ya tenía los resultados de las pruebas de laboratorio. Él sin sospechar nada, leyó los resultados. Me miró fijamente a los ojos de manera asombrado, parecía que no podía creerlo; seguí el juego de la mirada, solo que de una forma inexpresiva, para no denotar mis sentimientos.

Estuvimos conversando de temas médicos respecto a mi nuevo estilo de vida y que parámetros debería tomar en cuenta para que el tratamiento sea exitoso. Posteriormente fuimos a su carro, nos besamos, las cosas fluyeron y terminamos acostados en una cama desnudos, tomándonos copiosamente nuestros entes. Aquello último no fue buena idea ya que aún no me sentía bien conmigo mismo, aún no había hecho reconciliación personal, y no negaré que a pesar de ser nuestra primera vez, la cual era una fantasía perenne durante el tiempo que lo conocí y por algún instante haberlo disfrutado, al terminar, sólo me sentía sucio y todo me daba asco. Él me abrazó para darme ánimos, pero fue aún peor.

Pocos meses transcurrieron, era yo, con algo nuevo en mí ser, algo había cambiado pero me lo tomaba todo muy personal. No le comentaba a nadie nuevo el asunto y solo trataba de cuidarme de todo. Me sentía muy frágil dentro de mis tres seres: físico, espiritual y mental. Me prometí muchas cosas, una especial para cada una de mis entidades; a mi físico le prometí no tener más sexo, de esa manera aprender a controlarme y no abusar de él como lo había estado haciendo. A mi alma le prometí amarme y aceptarme tal como soy, con todo lo que tengo con mis altos y bajos, y que siempre estaría yo al inicio y al final de todo, pues nací solo y me iré solo; por último a mi mente le prometí no enamorarme, necesitaba un descanso emocional para procesar tanta carga emotiva. Necesitaba estar fuerte, preparado y mucho mejor que antes para afrontar al mundo, uno al siempre pertenecí, empero era como un extranjero, o al menos así me sentía. No me encontraba listo, sin embargo llegó él.

Emoliente caliente

Siempre dicen que los amores llegan cuando uno menos se los espera o en circunstancias poco convencionales a tu vida, no fue la excepción ya que de este modo ocurrió.
Lo conocí a través de una aplicación de citas para teléfono móvil. Nos vimos aquel mismo día, 16 horas más tarde de nuestra primera conversación. Lo esperé en una esquina, estaba yo algo ansioso. Pasó frente mío con su carro y me invitó a subir. Lo primera impresión que tuve sobre él fue: ¡qué idiota, es un pretencioso!

El prejuicio duró poco, de este modo la conversación se extendió hasta casi tres de la mañana. Poco más de 4 horas intercambiando experiencias, estacionados en una calle vacía a pocas cuadras de mi hogar.

Mientras fluía el diálogo, me iba interesando aquel personaje. Cada una de sus palabras eran creíbles y a la vez su frases inteligentes. Fue así que otras cosas fueron fluyendo en el transcurso de tiempo, entre ellas un ósculo muy apasionado, el cual ambos nos tuvimos ganas, puedo decir, desde el momento en que nos vimos. Todo comenzó de esa extraña pero sincera manera.

Aunque yo ya quería alejarme y regresar a mi burbuja, sentirme protegido en mí mismo nuevamente, ya que sabía que él me iría a rechazar en cualquier momento, lo mejor era huir.
Transcurrieron las citas, nunca entendí por qué nunca lo decliné. En una de aquellas ocasiones, le invité un emoliente caliente, luego fuimos a sentarnos a unas bancas en un parque cercano para conversar. Le confesé mi inmunodeficiencia, en ese momento se me formó un nudo en la garganta, lo miré a los ojos para despedirme de él para siempre. Él solo me cambió de tema, pensé que no había entendido nada; insistí una vez más, replicó que ya me había escuchado, que no tiene nada de malo. Luego de eso me preguntó si quería salir con él formalmente. Era yo quien no entendía nada.

Intenté liberarme de él en tres oportunidades posteriores, no quería mayor sufrimiento ni para él ni para mí. Él siempre insistió en querer seguir viéndonos. Analicé la situación muchas veces y me dije: “date una oportunidad para experimentar ese sentimiento que mueve a muchos en este mundo y aún no lo has conseguido; sólo has conocido la otra parte hasta ahora. Él ya se está dando la oportunidad de conocerte, no la desperdicies, no hay nada que perder; todo lo contrario, mucho que ganar.”

Con muchas dudas y mucho miedo fui saliendo de la coraza que había impuesto frente a mí, gracias a que él estuvo todo el tiempo a mi lado. Incluso había olvidado que había un virus replicándose dentro de mí. Él fue quién me enseñó muchas cosas: el amor a las plantas, el cuidado a los animales, el cariño de una pareja, a romper prejuicios, el apoyo mutuo en tiempos difíciles, la comprensión mutua, a que ser mimado y consentido solo ocurre con pocos y está bien; pero sobre todo a quererme a mi mismo. Fuimos una pareja serodiscordante.

Luego de un par de años nos distanciamos mucho a pesar de estar todo el tiempo juntos. Había estado yo pasando muchas emociones fuertes en muchos aspectos de mi vida y lo venía arrastrando en este torbellino personal. Sentí que no era la mejor manera de retribuir todo lo que me dio, que él realmente necesitaba algo mejor. Había dos opciones: ver como esperaba hasta que yo pudiera estar estable en mis cosas y en todos mis cabales o separarnos para que cada uno pueda desenvolverse como debería ser.
No fue fácil para mí, y tampoco para él. Ya que a pesar de ser novios éramos ante todo muy amigos, eso último es lo que perdura hasta el punto final de esta historia.


Epílogo

VIH alteró mi vida, he aprendido mucho de la parte social de este tema; sólo me di cuenta que hay un gran vacío debido a la ignorancia y/o pensamiento retrógrada en cuanto a esto, por parte de la población, pero lo que me da mucha pena y rabia es ver a gran parte de la chauvinista comunidad LGTBI, tiene aún prejuicios y estereotipos muy arraigados.
Los tiempos han cambiado y uno no se encuentra solo jamás, hay muchas personas como uno, diagnosticados positivo vida es tan normal, como la mía, como la tuya y la del resto.

Tengo amigos, he conocido gente, incluso escuchado historias en cuanto a una primo infección; cómo cada personaje lo sobrellevó, los diferentes quimioterapias que cada uno consume o también como eran estas en sus inicios. La gente de nuestra época la tiene fácil teniendo en cuenta que a veces basta con un par de pastillas al día incluso una sola dosis diaria; en comparación de las personas que fueron detectadas hace más de 20 años y tenían que consumir hasta un máximo de 10 grageas diarias. En mi caso me considero muy afortunado ya que empecé con una dosis diaria, luego por cosas logísticas del estudio sólo tenía dos dosis durante el día. Ahora he vuelto nuevamente a una dosis.

Uno sólo tiene SIDA si no se sigue el tratamiento adecuado, o si no es detectado a tiempo el patógeno en nuestro ser. La promoción y prevención de salud es paupérrimo en este país. Pero no hay que esperar nada de nadie; tomemos al toro por las astas y luchemos por nuestros derechos, por nosotros, por una comunidad realmente unida y letrada en estos temas que es una especie de bruma negra que nos va cubriendo. Aunque lo que he aprendido es, que lo que realmente mata es la indiferencia y la ignorancia.


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