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LA SEGUNDA LUNA POR ENRIQUE BRUCE: El mundo perdido de los andrófilos y los ginéfilos

Por Enrique Bruce

A fines del XIX se acuñó y propagó el término “homosexual” (un híbrido etimológico entre el griego “homo” y el latín “sexus”). La expresión “heterosexual” aparecería poco después, como natural y espontánea contraparte.

En base a esos neologismos, se ha construido, tanto en textos médicos como literarios, discursos relativamente ordenados sobre los hombres y las mujeres, y los deseos que los marcan o desmarcan. Esos términos, de modo gradual, delinearán los parámetros de la producción textual médicas, literarias y de todo, en siglo venidero.

Dos términos revolotean en mi cabeza, como pequeñas hadas a punto de una ocurrencia (¿feliz?): ellos son el de “andrófilo/a” (la persona, hombre o mujer, que desea a un hombre) y el de “ginéfilo/a” (la persona que desea a una mujer).

Los términos de mayor reputación y difusión, el de “homosexual” y de “heterosexual”, se centran en el sujeto deseante y la relación con su objeto de deseo. Esto fue explicable en un siglo, el XIX, que se obsesionó con los avatares metafísicos del individuo y las varias facetas de la mente humana que inspiraron la neurociencia y las narrativas del psicoanálisis.

El yo era el rey (o la reina) de todo lo humano, era pues natural que si se hablaba del objeto del deseo (un camino de divergencia del yo) se hablase de este en relación al sujeto, al yo imperial.

“Andrófilo” y “ginéfilo” atenúan la relevancia del yo y se centran en todo lo que puede inspirar el objeto de deseo: el cuerpo del varón o el cuerpo de la mujer. ¿Qué dice a ciertas personas, el cuerpo del varón y su simbología? ¿Qué, el cuerpo de una mujer?
El deseo masculino tuvo siempre más relevancia en la literatura y mejor acogida en la reflexión científica sobre lo sexual. El deseo de un hombre joven tuvo que ser administrado en los años finiseculares puesto que la edad del casamiento empezaba a retrasarse. La contratación de prostitutas se vio como una terapia inevitable (y razonable) entre los jóvenes solteros de clase media (y la amante fija u ocasional, un natural divertimento para los casados). El deseo femenino se patologizó: la etiquetación de “ninfómana” se hizo popular. A la prostituta, incluso, se le achacaba cierta “masculinidad” puesto que desde alguna calleja oscura, tomaba la iniciativa para abordar a un hombre, juicio que desdeñaba, claro está, las inequidades sociales y las carencias económicas.

Si el deseo masculino gozaba de un visto bueno que no el femenino, sospecho que los ginéfilos de ambos sexos gozarían de mejor acogida entre los especialistas de la medicina mental y la especulación literaria que los andrófilos, puesto que la mayoría de ginéfilos son varones (de modo inverso a los andrófilos). Si estos términos se hubieran sancionado en el XIX, en lugar de los vigentes “homosexual” /”heterosexual”, la representación del cuerpo femenino como objeto habría sido más acuciosa y virulenta de lo que seguiría siendo y siempre fue, pero el deseo lésbico, el de las ginéfilas, habría tenido mayor visibilidad que el de los hombres homosexuales (los andrófilos).

La representación lésbica tuvo, claro, acogida, pero era, o bien escrita por hombres o bien, era representada en la fotografía pornográfica de época para el gusto del cliente varón.

En ese universo paralelo que desconoce los nombres y las reverberaciones de los conceptos referidos a los heterosexuales y los homosexuales, las ginéfilas habrían hecho más visible su deseo y sus representaciones, en tanto que su deseo habría gozado de la colateralidad con el deseo del varón por la mujer. Nunca habría tenido su prestigio, claro está, pero la asociación de sinécdoque entre ginéfilos y ginéfilas habría hecho que proliferen más en la literatura, la relación entre mujeres, entre los cuerpos y el erotismo que estos despiertan en la psiquis de otras mujeres, fuera del escenario voyerista del hombre heterosexual. Ya entrado el siglo XX, el “Alexis” (1929) de Marguerite Yourcenar, habría tenido como protagonista una mujer homosexual y no un hombre; y otro tanto para el resto de los personajes masculinos de sexualidades ambiguas que Yourcenar trató con fineza, desde el ensayo “Mishima o la visión del vacío” hasta la opera magna de su narrativa: “Memorias de Adriano”. En el catálogo del siglo XX, se me vienen a la cabeza grandes piezas literarias sobre hombres homosexuales escritas por mujeres: las de la mentada Yourcenar, pero también “The Persian Boy” de Mary Renault y más recientemente, “Brokeback Mountain” de la canadiense Annie Prouxl, de cuyo relato breve hicieron una película de éxito taquillero.

Pero en un mundo de ginéfilas, de nominación y ejercicio, ¿las sensibilidades de estas escritoras se habrían puesto, más decididamente, al servicio de la representación lésbica, de la representación de otras ginéfilas? (Mi hada me revolotea más insistentemente pero no entiendo su zumbido del todo).

El deseo de andrófilos varones habría tenido menos visibilidad (todo tiene un precio): los Constantino Cavafis, los Luis Cernudas, los César Moros o años después, los Jean Genets y los Allen Gingsbergs, habrían sido más bien mujeres escribiendo sobre mujeres y no hombres escribiendo sobre hombres.

En ese nuevo mundo que proponen mis hadas, ¿cuál habría sido el formato de la escritura erótica de las andrófilas que incursionaron en ese registro textual de manera sistemática, a partir de la revolución sexual de los setenta? Pues probablemente, menos autoerótico, menos centrado en los pesares y placeres que inspiran sus cuerpos y más centrado en el cuerpo masculino. Su revolución habría sido, no la de expresar su sexualidad centrada en su ego, cuerpo y libido sino más bien, habrían cantado o denunciado el cuerpo masculino y sus devenires, su belleza o agresión, sus humores y matices psicológico-eróticos.

Habrían sido ellas más andrófilas y menos mujeres heterosexuales, en suma.

Bueno, nuestros amigos ginéfilos, ¿cómo se habrían desenvuelto? De igual manera, me imagino. O peor (Sinvergüenzas). Pero los clubes de hombres de fin de siglo XIX (cuando la demarcación cultural de un “ellos” frente a un “ellas” se hacía más tajante) habría permitido la membresía de algunas ginéfilas notables (Aquí mis hadas zumban como locas y casi me vuelcan la taza de café).

¿La mayor visibilidad de las ginéfilas habría influido en las andrófilas? Creo que sí (si empiezo a entender de zumbidos). Estas últimas habrían expresado su deseo, en los setenta en adelante, no siguiendo la plantilla de los hombres que desean hombres (como en verdad hicieron muchas, leyendo a Cavafis y compañía), siempre en un registro adolorido, sino en un registro algo más resuelto y celebratorio. Si la literatura es reflejo y desvirtuación a la vez, de la realidad psíquica y/o social (asumiendo que esta tenga consistencia), ¿habría sido dicha realidad, y su literatura, marcadamente diferente en un mundo con el eje polar de ginéfilos y andrófilos?

¿Qué se celebraría en ese universo paralelo en el Día del Orgullo Gay? ¿Quiénes desfilarían? ¿Qué reclamarían los transexuales? ¿Desde dónde?

¿Qué serían de mis hadas? ¿A qué se dedicarían?

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