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NUEVA COLUMNA: REFLEXIÓN CONTINUA por EYVIND CRUZ

Por Eyvind Cruz (Desde México)
ldg_eyvind@hotmail.com


Ante todo quiero agradecer por la oportunidad que me ha dado La Revista Diversa por este nuevo desafío en mi vida invitándome a escribir una columna y además ser parte del equipo editorial que lidera Antonio Capurro, fundador y director de este medio de comunicación digital. Espero estar a la altura de las circunstancias. Gracias de nuevo!!

Nuestras vidas cambian de muchas formas, de forma inesperada, de pronto. Existe un día que marcó los corazones de los mexicanos, pero que afortunadamente no me tocó vivir. Fue el 19 de septiembre de 1985 cuando se registró entre las 07:19 y 07:22 de la mañana un sismo con magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter que remeció a la ciudad de México y sus alrededores. Un desastre natural que ha sido considerado el sismo más mortífero y destructivo en la historia del país. Sin embargo, gracias a ese trágico día se incrementó la cultura de prevención que nos hizo aprender a estar alertas frente a situaciones como estas. 

Las cifras de acuerdo al CIRES (Centro de Instrumentación y Registro Sísmico A.C. 
www.cires.org.mx) señalan que fueron aproximadamente 20 mil muertos, 2831 inmuebles afectados y más de 5 MMD (millones de dólares). Miles de víctimas y recursos materiales que se perdieron en unos segundos y que hasta el día de hoy lamentamos. Después de esta terrible tragedia en la que recibimos ayuda de muchos países vecinos, México los mexicanos nos levantamos poco a poco con una herida difícil de curar. La lección que nos dio el terremoto del año 1985 fue aprendida, por eso año con año en honor a las vidas perdidas se realiza un simulacro en la CDMX (Ciudad de México). Ese mismo día, nadie pensó que después de aquél simulacro las alarmas de la ciudad se encenderían sin dar mucho tiempo a nada, debido a la cercanía del epicentro. 

Y el dolor volvió a nuestras vidas. El 19 de septiembre del 2017 a las 13:14:40 horas (hora del centro de México) con una intensidad de 7.1 grados en la escala de Richter y con una duración aproximada de 3 minutos el corazón del país se estremeció de nuevo, esta vez yo si me encontraba como testigo de los hechos. Esta ocasión si me tocó vivir esos minutos de miedo y terror que fueron los más largos de mi vida en esta ciudad que adopté como mía, aunque sin duda alguna fue un sismo que jamás se acercará a lo vivido treinta y dos años atrás.  nos hizo darnos cuenta que había aún muchas cosas por hacer como país en cuestión de prevención. 

Nuevamente nos levantamos y salimos a la calle con cubetas, palas, o simplemente con las propias manos a ayudar en todo lo que se necesitara. Tuvimos otra vez de nuestro lado recibió la ayuda internacional que agradezco enormemente. Días gris, aciago, triste. Ese día sólo se veía por las calles rostros desencajados o preocupados, gente ayudando y organizándose para lograr hacer algo después del desastre. No nos fijamos en quién era más rico o más pobre, quién era de izquierda o de derecha quien era alto o bajo, gordo o flaco, rubio o moreno, heterosexual o gay...simplemente nos unía la solidaridad y fraternidad, la misión de ayudarnos entre todos. Eso fue lo que vivimos. 

A un año de esta última tragedia se guardará un minuto de silencio en honor a los afectados y las vidas perdidas en el sismo recordándonos que nadie está libre de necesitar en algún momento ayuda, pero que lejos de dividirnos en clases sociales o “minorías” nos vimos y reconocimos tan solo como somos seres humanos que compartimos el mismo planeta. 







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