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NUEVA COLUMNA: DIARIO DE VIAJE POR NICOLÁS COLFER



Nicolás Colfer es un joven escritor argentino que acaba de aterrizar en nuestras páginas. Ya puedes leer la entrevista que le hicimos y Diario de viaje, su nueva columna para La Revista Diversa.

Buenos Aires, noviembre de 2018, antes del despegue. 

Hoy tampoco hice nada mejor que hablar del viaje. (Hice un montón de cosas, pero todo, salvo anticiparme a las fechas y los lugares, me parece tan volátil como las esquirlas de un sueño que la mañana hace trizas. El viaje es la mañana y esta noche, por fin, se termina).

Sin querer, me transformé en un imán de testimonios. Todas las locas visitaron Europa o tienen alguien que fue por ellas y les contó cómo es. Y aunque una no ande persiguiendo detalles porno, estos se le vienen encima como lluvias de noviembre. El que esta vez me empapó con su experiencia fue el chonguito del que me estoy enamorando (una siempre se enamora cuando no debe). Le comenté lo que me dijeron acerca de París: que la noche se termina a las nueve, cuando acá ni siquiera está empezando, y que la vida gay es medio embole.

–¡Prrr! –Ya me había aclarado que ese ruidito se lo pegaron los franceses–. El que te dijo eso no vivió París – y yo pensé en lo lindo que es vivir cada lugar como si fuera una vida aparte. 

Luego me contó acerca de Le Marais, un barrio que nuclea algunos bares copados, y que en uno de ellos tuvo que darse un piquito con un monsieur entrado en años, como parte de un juego que no entendí bien. Enseguida pensé en Peuteo, un bar palermitano en el que puede verse a los buitres de cincuenta rondando a las chiquillas de veinte. Pensé en un señor en particular, cuyos ojos tuve pegados una noche entera. Cosa rara, la verdad, teniendo en cuenta que yo no había ido a Peuteo tantas veces como a Sitges, el barcito de Av. Córdoba al 4000, pero lo poco que el chonguito describió me hizo pensar en uno y no en el otro. 

Fue entonces cuando me di cuenta de que padecía la manía de los conquistadores. Si una tiene tanta pulsión de muerte como para hurgar en los diarios de Colón o las cartas de Cortés, podrá ver cómo ellas, en su afán por catalogar lo extraño, usaron los nombres de las cosas que conocían de antemano. Por ejemplo, Colón llamó “sirenas” a unos peces deslumbrantes y Cortés afirmó que los aztecas se congregaban en “mezquitas”. Y yo, a partir del relato de mi chongui, llamé Peuteo a un bar de Le Marais al que nunca había concurrido. 

Ya me había pasado antes, cuando mi roommate me habló de una fiesta medio bizarra en Madrid. “Ah, como la Plop”, le dije antes de que él se burlara de la escasez de mi marco referencial (¡nadie se burló de Colón, che!). Yo amo la fiesta Plop desde siempre, con todo y sus pisos sucios. La amo porque ahí podés cantar “Ciega sordomuda” a los gritos, sin que ninguna musculoca te haga notar tu patetismo con una mirada. En la Plop yo había aprendido la coreo de Judas y hasta había corroborado en vivo que Natalia Oreiro duerme en formol. Pero la fiesta madrileña de mi roommate era distinta: tenía un dark room. Enseguida pensé en Amérika, en Fagot y hasta en Glam, aunque el room de esta última no es tan dark (por ende, es espantoso). Pero mi amigo, que no entraba en los túneles porteños porque andá a saber qué cosa sin dientes se prendería de su verga, había visto las estrellas en la penumbra de ese antro español. Es que allá, en el Primer Mundo, una no tenía por qué suponer que al amante invisible le faltaban dientes.

Mi chonguito había cantado “Womanizer” en un karaoke de Le Marais. Quise saber si conocía el karaoke de la Brandon, pero nunca había ido a una fiesta fuera de Palermo. Tal vez por eso pensaba en Le Marais como núcleo de las fiestas, aunque asumo que París debe tener sus almagros, balvaneras y chacaritas. Puede que los turistas tampoco conozcan algo más allá de Palermo (salvo el Obelisco y San Telmo, que figuran en casi todas las guías para gringos). Y una, ¿no estaba viviendo su ciudad cual si fuera ella misma una turista? ¿Por qué me preocupaba que la noche parisina transcurriera entre dos calles si acá no se extendía mucho más? Buenos Aires se repite en mi imaginación como una especie de loop, lugar sobre lugar, tiempo sobre tiempo. Buenos Aires es la noche que se acaba.

¿Pero cuál será la mañana? ¿Voy a ver el amanecer en Le Marais o a perdérmelo en la parte más oscura de un dark room? ¿Estoy viviendo Buenos Aires o la estoy matando? No, la muerta soy yo. Muerta de ganas por salir, por tomar un avión hacia la mierda como Donna en Mamma Mía, muerta de miedo a la soledad, a la amplitud del mundo, muerta de vida.

El chonguito me dio un beso para terminar el relato. Me gustan sus besos. ¿Besaré algún monsieur en el mismo bar donde lo hizo él? Tuve la breve fantasía de encontrármelo en Le Marais, una noche por sorpresa. Me lo llevaría a mi cuarto y le ofrecería un pedacito de queso Brie mientras el sol despunta sobre el Sena. Pero no, qué pavada. Me quedan unos días para llevarlo a la casa que aún no he dejado y ofrecerle lo que sea que haya en la heladera. Y dormirnos, porque desde mi ventana no se ve el amanecer. 

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